No por corto es menos duro

La Comarca del Nacimiento se ha convertido en uno de los templos ciclistas de la provincia de Almería

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Puede resultar extraño, pero hubo un día en que Almería podía contar sus autovías con un dedo. En esos años, había pueblo, Doña María, que estaba partido por una carretera nacional. Un paisaje majestuoso en las faldas de Sierra Nevada manchado por el transcurrir de vehículos de todo tipo. Pero con la puesta en funcionamiento de la A-92, Doña María, Las Tres Villas y toda una comarca, la del Nacimiento, se convirtió en un trasiego de paz. Ya no pasaban coches, pasaban bicicletas.

Soy un privilegiado. A veces despierto en mi pueblo con el sonido de las cadenas de una Orbea o BH. La Comarca del Nacimiento se ha convertido en uno de los templos ciclistas de la provincia de Almería. Lo es porque los desplazamientos en vehículos son escasos. Los pueblos que la componen no son excesivamente grandes. El mayor es Fiñana y apenas cuenta con 2.000 habitantes. Sé perfectamente que el cicloturista habitual puede llegar a cogerle miedo a la circulación por carretera, pero fíense de esta opinión. Aquí no hay problema alguno siempre y cuando los ciclistas respeten las normas. También los vehículos, por supuesto. Esto es algo de dos.

Pero la tranquilidad no lo es todo. Lo son los puertos. En apenas 50 kilómetros cuadrados, los amantes de la bicicleta de carretera pueden disfrutar de hasta tres puertos de montaña verdaderamente exigentes. La Sierra de Escúllar, las estribaciones de Sierra Nevada y la Sierra de los Filabres muestran todo su poderío y exigen que los amantes de la bicicleta se muestren preparados para subir sus rampas.

No seré el primero ni el último aficionado del mundo de la bicicleta que la he echado al maletero para encontrar un remanso de paz y vegetación para ponerme en marcha. Una buena ruta es salir de Gérgal, circular por el más que famoso Ricaveral, ese que da acceso a municipios como Albolodoy, pero justo en dirección contraria, llegando hasta la Venta del Pino, que se deja a la izquierda y se continúa en dirección Doña María. Hasta ahí son en torno a 20 kilómetros, la mayoría de ellos en llano y bajada. La carretera se empina cuando se pasa la localidad de Ocaña, aunque el porcentaje es escaso, 3-4% de desnivel. Al llegar a Abla se complica todo. He subido puertos larguísimos como Haza del Lino (26 kilómetros), o Calar Alto (20), pero tengo que decir que esta subida de apenas 8 kilómetros puede llevarme al límite de la misma forma que cualquiera de esos dos mastodontes.

Consiste en ascender a Ohanes desde el cementerio de Abla. Una vez lo dejas a la derecha comienza el sufrimiento. Es un puerto vistoso, al principio sin apenas vegetación y además es una zona donde el viento se nota, y mucho. El principio es sosegado, con una pendiente media del 5%, pero cuando has ascendido en torno a dos kilómetros, la vida se complica. Pendientes de hasta el 16% y tramos kilómetros con media de 19. Poco a poco la sombra hace acto de aparición se agradece porque eso significa que la vegetación vuelve a aparecer y tus pulmones recogen algo más de oxigeno. Cuando culminas el ascenso, el cuerpo está fundido. Es un puerto corto pero eléctrico. A 12 kilómetros y ya prácticamente en un terreno llano aunque en ligero ascenso, sobre todo al pasar el Santuario de Tices, se encuentra Ohanes. La parada es obligada, hay una fuente natural en la que recuperar líquido. Si decides dar la vuelta, habrás hecho en torno a 80 kilómetros, aunque también existe la posibilidad de continuar hasta los pueblos inmersos en Las Alpujarras almerienses. De esos hablaremos otro día.

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