Un domingo cualquiera, un ciclista cualquiera que en este caso es el que escribe estas líneas. Uno lleva esperando toda la semana para poder montar en bici y salir a disfrutar del ejercicio, de la flaca, en este caso subiendo uno de los puertos que más me gustan, los ventiladores de Enix. Es una subida espectacular, larga pero sin un gran desnivel y poco transitada, excepto últimamente, por las motos. Se ponen los pelos de punta cuando escucho a lo lejos el ruido del tubo de escape a máxima potencia, subir El Quemadero a tope de revoluciones, rezando para que no te cojan en medio de la curva, para que te vean a pesar de pesar 85 kilos y llevar la luz intermitente colgada del sillín.

Da igual. Esos moteros no vienen a compartir el asfalto con ciclista o turismos, vienen a quemarlo, a derrapar, a jugarse la vida para conseguir la misma sensación que Márquez o Rossi, pero en una carretera nacional. Decenas de moteros suben y bajan por esas curvas, la mayoría respetuosos con los ciclistas, como la mayoría de los coches. Pero los hay que te increpan diciendo: “¡Por el arcén, debes ir por el arcén!” y se me queda cara de tonto al comprobar que voy pisando la línea que delimita el margen derecho de la calzada que no tiene arcén. Algún motero hace la gracia de abrir gas al pasar junto a los ciclistas. Tontos hay en todos lados.

Sin embargo, el otro día me llevé un susto de verdad. Bajando hacia Roquetas y negociando una curva a izquierda pero siempre bien pegado a la derecha, sale de la curva una moto que subía, adelantando a un coche, profanando la línea continua e invadiendo mi carril. En el vehículo a dos ruedas, la pareja que iba en moto casi con la rodilla en el suelo me ve y en el último momento hace un giro brusco que, combinado con mi reacción de irme contra el quitamiedos, evitó una colisión frontal de consecuencias desastrosas, a juzgar por la velocidad y cilindrada de la moto. ¿Por qué? ¿Por qué se juegan a vida así y la de los demás? No tengo respuesta.

Reconozco que desde entonces tengo miedo a salir con la bici. He comprado una cámara, una GOPRO que colocaré en mi casco, que sea bien visible para los que vienen por detrás, coches o motos, y grabaré cada minuto de mi salida en bici. Ya que la presencia de la Guardia Civil es inexistente, seré yo el que denuncie a todo aquél que ponga en peligro mi integridad. Lo tengo claro.

No hay semana que no se atropelle a algún compañero ciclista o triatleta. “No te he visto” es la respuesta. Eso si tienes suerte y se detiene, porque en otras ocasiones, los conductores se dan a la fuga. Los últimos en ser atropellados, los hermanos Prado.

¿Hasta cuándo van a seguir muriendo ciclistas atropellados en las carreteras?

Es una pregunta difícil de contestar. Lo que sí tengo realmente claro es que NO se respeta al que va sobre una bici. Los conductores de turismos, los moteros nos ven como un estorbo que les ralentiza en su camino, que no les deja espacio para derrapar o negociar una curva en quinta. Para algunos moteros que ven en las subidas a los puertos un circuito improvisado de competición, el ciclista es un muñeco de feria y la competición consiste en ver quién lo adelanta más pegado, y esto último lo digo con conocimiento de causa. Demasiadas muertes, demasiados sustos. Van a obligar a que instalemos una cámara en los cascos y manillares como prueba del delito y poder denunciar a aquellos que se saltan ese 1.5 metros de distancia que hay que dejar entre los dos vehículos al adelantar. Esos 150 cm pueden suponer la vida o la muerte. Volver a casa o al hospital.

El riesgo de accidente o caída durante la práctica del ciclismo, puede llegar al 10%, lo que supone un mayor riesgo que deportes como el fútbol o baloncesto. Sin embargo, la mayoría de las lesiones asociadas a las caídas no son graves, ya que el deportista retoma la actividad deportiva en menos de 10 días. La localización más frecuente es en miembros superiores (30%) siendo el codo, la muñeca o la clavícula las articulaciones más frecuentemente dañadas. Las piernas se lesionan en el 35% de las caídas, siendo la rodilla la que más daño se provoca.

Las lesiones se pueden dividir en función de la edad del ciclista:

  • Aquellos mayores de 40 años se fracturan algún hueso en una de cada tres caídas siendo la clavícula y las costillas las más frecuentes.
  • Ciclistas menores de 40 años se suelen lesionar las rodillas con mayor frecuencia.

Los traumatismos craneoencefálicos con o sin pérdida de conocimiento asociada, son los accidentes que revisten mayor gravedad tras una caída, seguidos de los traumatismos torácicos y abdominales. Pueden llegar a suponer el 2% de las muertes que se producen cada año en la carretera. La incidencia de lesiones a nivel de la cabeza se han reducido últimamente debido a la obligatoriedad de usar casco.

La mountain bike presenta muchas coincidencias con el ciclismo de carretera. La rodilla es la localización más frecuente de lesionarse. Hay escasa incidencia de traumatismos craneoencefálicos, menor que en el ciclismo de carretera.

Energía cinética en un accidente

Tendemos a pensar que yendo a 100 kilómetros por hora, un impacto será el doble de violento que a 50. Pero en realidad será cuatro veces más violento. Esto se debe a que la energía cinética del vehículo no depende linealmente de la velocidad, sino al cuadrado, en base a la fórmula: E = 0,5·m·v².

Por otro lado, la energía no se crea ni se destruye. La energía cinética es la que posee el vehículo por el simple hecho de estar en movimiento. Si ese movimiento se detiene bruscamente (por ejemplo, por un impacto), esa energía se tiene que convertir en ‘algo’. Gran parte de esa energía se ‘gasta’ en convertir el coche en un amasijo de hierros y en provocar lesiones por aceleración/desaceleración en las personas que se encuentren dentro del vehículo.

Por el hecho de ir dentro del vehículo, los pasajeros también tienen energía cinética. Evidentemente, cuanto mayor sea la energía a disipar, más violentas serán las consecuencias. Al doble de velocidad le corresponden cuatro veces más de energía. Al triple, nueve veces más, y así sucesivamente.

Esto también tiene su influencia en la distancia de seguridad. Al frenar el coche, estamos disipando la energía cinética (fundamentalmente, a través del rozamiento con los discos de freno). Lógicamente, cuanta más energía cinética posea el vehículo, más cuesta disiparla y más distancia necesitamos para detener el vehículo. Todo esto se multiplica cuando la energía no se disipa deformando la chapa o el chasis del coche, y el accidentado es un piloto de moto. Eso explica los “vuelos” que realizan algunos pilotos tras un accidente, saliendo despedidos varios cientos de metros, y sufriendo lesiones que normalmente son más graves que cuando es un coche el implicado.

De todas las lesiones, las más temidas son los traumatismos craneoencefálicos.

Ojalá muchos conductores lean este artículo y conozcan que hay que respetar a los ciclistas. Nosotros también circulamos y somos frágiles, nuestra carrocería son nuestros huesos y el taller, el hospital.

A metro y medio, por favor.

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2 Comentarios

  1. Muy buen artículo.Celebro que haya podido escribirlo y que pueda seguir disfrutando de la bicicleta, de su vida, que un conductor imprudente tan fácilmente nos la puede arrebatar. Con su permiso, lo comparto. Saludos.

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